Algunos historiadores dicen que las sociedades occidentales parecen vivir en estado crítico. Las crisis son el punto de partida para asumir qué hacer, exigen algún tipo de cambio. A veces, la aplicación de la ley es injusta, o mejor dicho, cuando la ley no parece concretar el ideal de justicia, se hace presente ese estado de crisis. En reiteradas oportunidades, nuestra sociedad actuó de esa forma. Justicia, seguridad. No hay otro... ¿discurso? Y entiendo que sea lo lógico desde el seno de la sociedad, de los ciudadanos, pero no acepto que los políticos lo repitan. Asco me dio el twitter de un funcionario diciendo algo así como "Esta es la seguridad de la democracia". Tintes fachos si los hay. Pero aún más indignación me provoca ver cómo todos, insisto, TODOS (leasé gobierno, oposición, medios, iglesia) intentan sacar provecho de una situación tan penosa.
Y mientras no se revalorice al otro, no se puede aspirar a la seguridad. Tender al estado cotidiano de crisis,
decir lo obvio sin capacidad de resolución, instaurando un estado de terror y
señalando a la pérdida de seguridad como el mal mayor y no a la ausencia de valores, teorizar a través de terrores, excusándose bajo el estado de conmoción es promover un extremo fundamentalista. De ese extremo, parten dos reacciones: someterse a
la urgencia, o al excepticismo. Y en ambos se niega la posibilidad de diálogo.
Sí, indigna el hecho de ver el mal, pero no soy yo, ni vos, ni aquella señora sentada frente al televisor, los que realmente lo padecemos. No es malo tomar distancia para pensar y dejar de lado la conmoción que impide el diálogo, y por ende, impide la reflexión. Lo que debe realizarse es el diálogo, señores.
El diálogo como actividad política fundamental y fundadora. Se pueden reescribir las leyes, o frente a la ley, uno puede obedecer o persuadir. Las leyes no necesariamente manifiestan a la justicia como un ideal, no deben ser impuestas a las relaciones de los hombres.
Pensar a la justicia como un ideal imposible, rechaza el diálogo. Dialogar es argumentar, argumentar es apelar a la razón, apelar a la razón es reflexionar, reflexionar es elegir el mejor logos - descubrimiento de la razón común -, no el argumento que más queremos, porque eso es lo que sentimos, sino que tanto la justicia particular, como la justicia del ciudadano nazcan a partir del diálogo.
Escapar de esa idea de que a menor justicia más libertad y que la justicia se basa simplemente en igualar y restringir las posibilidades de los humanos. Las medidas no siempre son radicales. Quienes lideran el sistema pueden imponer la urgencia, algo común en la sociedad víctima a la que no se le puede pedir un grado de reflexión cual Sócrates antes de ser condenado a muerte.
La noticia se volvió un producto del mercantilismo, un bien de consumo. Y ya no hay objetividad, las ideas son simplificar la realidad, no son culturales. Bastan las normas, basta la imposición de las normas. Los medios y su estilo generado por la necesidad de venta y consumo, sólo contribuyen a hacernos caer en generalizaciones. Está en cada uno de nosotros disociarnos de la realidad IMPUESTA.
Nietzsche decía que en el concepto de justicia, muchas veces se da una relación entre un acreedor (víctima) y un deudor (victimario) y que aunque el deudor salde su deuda de la manera más dura y trágica, nunca termina de pagarla. Cuando generamos mal,
no podemos suprimirlo, no se paga una injusticia con otra.
No pido que seamos Sócrates. Pido que las reflexiones y el diálogo partan desde aquellos que tienen el poder. Ya bastantes sistematizadas y estructuradas están las cosas como para además, someter nuestros reclamos, ideas y principios a ese sistema que actúa bajo la urgencia, la conmoción, el oportunismo, el terror y la generalización.
Nos creen ingenuos, no les demos la razón.
{La caja vomita, el diario entretiene
le venden mentiras a los que no tienen.
Quisiera encontrarle una vuelta al problema
si tarde o temprano el embudo te lleva}