En ese absurdo capricho de mendigar abrazos reconfortantes que nunca llegan, me topo con un capricho mayor: el desear el abrazo más imposible. Y cometo el error de leerte creyendo que en esas cartas voy a encontrar la respuesta a mis problemas, como cuando te sentabas al lado mío en el colegio y arrancabas hojas de la carpeta para escribirme aunque me tuvieras a 5 centímetros y las decorabas con los papeles que usábamos en plástica, con tal de hacerme reír. "Andy yo siento que te estás poniendo una armadura al pedo, porque al fin y al cabo, qué hace una armadura? quitarte soltura, aislarte... Es una coraza que te va a hacer tan dura y desconfiada que de nada va a servir, porque después te vas a dar cuenta que solamente sirvió para amortiguar un par de golpes y que la gente te vea dura, cuando sabés bien que no lo sos". Si aprendí a volver a confiar, abrirme y no ponerme ninguna armadura para afrontar las cosas, fue gracias a vos. Pero a veces me pregunto, ¿cómo no ponerme una coraza cuando el corazón se me rompe en pedazos y grita fuerte que te extraña y extraña ese abrazo que sin dudas, vos a diferencia de todos, me darías?
Y si vos me agarrás
no me voy a soltar
igual que los demás
respondo a la ley de gravedad
(Mi espada es el amor; mi escudo, el humor; mi hogar, la coherencia; mi texto, la libertad)
El hombre no es ni una piedra ni una planta, y no puede justificarse a sí mismo por su mera presencia en el mundo. El hombre es hombre sólo por su negación a permanecer pasivo, por el impulso que lo proyecta desde el presente hacia el futuro y lo dirige hacia cosas con el propósito de dominarlas y darles forma. Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir
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