Siempre critiqué la frase de una de las bandas que más me gustan (quizás no la que más me gusta musicalmente, pero sí me acercó a muchas personas y tiene un significado especial para mí) porque me parecía un tanto desacertada: “Cuando se siente no hace falta entender”. Y un día un profesor de filosofía me hizo reafirmar lo que creía, que esa parte de la canción, en un punto, se equivocaba, porque lo que nos diferencia de cualquier otro ser es que podemos pensar las cosas, mediarlas y 'hacerlas para sí'. Reflexionar las cosas es sentirlas dos veces, es sentirlas realmente, porque una vez comprendidas, dejan de ser superficiales...Pensar es hablar el alma consigo misma. Y por ende, nunca fui defensora de esa idea que defiende el hecho de dejarse llevar sin cuestionarse nada, de simplemente experimentar sensaciones y actuar por el instinto y los impulsos. Una vez me dejé llevar por un impulso y hoy pago las consecuencias de ese error. Así que más que nunca tengo argumentos para asegurar, que cuando se siente sí hace falta entender.
Por eso admiro a aquellos que dudan y que, porque piensan, sienten. Porque son personas conscientes, inteligentes, capaces de discernir entre la pasión o la obsesión y el amor.
Todo muy lindo hasta que aparece algo que te desencaja estructuralmente. Y mis ideas se mantienen igual, pero esto que decía Sartre de que “Todo lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad”, nunca cobró tanto sentido y valor. Y empecé a creer que no puedo buscarle razones y motivos explícitos y concretos a absolutamente todos mis sentimientos. Aunque lo hago permanentemente, pero no puedo pretender que los demás lo hagan, o que noten que yo lo hago. Porque hay personas que prefieren sentir y disfrutar el momento, hay quienes optan por pensarlo, entenderlo y así, sentirlo -como yo- y aquellas que simplemente se cierran y no quieren ni pensarlo para sentirlo, ni se permiten sentir para pensar y sólo juzgan, se repliegan y prefieren creer que, como las razones no están a la vista, todo es muy lógico y básico. Como las obsesiones: básicas, efímeras, pasajeras, caprichosas. Pero por sobre todas las cosas, obvias. Y por ser obvias, no hay mucho que pensar para la persona que las atraviesa como para el objeto de la obsesión. Uno por encasillarse en una meta imposible y otro, por padecer la obsesión y observar que nada tiene lógica, terminando por sentirse objeto y presa del temor y la desconfianza.
“Donde no exista una razón que me impida una sensación”... No, señor Bordo. Se equivoca. La razón permite hacer más puro ese sentimiento. Y mi sentimiento es puro, porque puedo enumerar sus razones, y sé que no es una pasión como la que tengo por Boca, por ejemplo, que es así porque nací así y me acostumbré a estos colores; ni tampoco es un capricho porque en algún momento, ciertas cosas me dieron el pie a sentir lo que siento (y las extraño, por cierto) y no fue como cuando sos chico, pedís caramelos, no hay guita y tu mamá te niega la posibilidad de que los comas, entonces llorás, aunque sabiendo que otro día los podés tener, y que al fin y al cabo no se puede, no es algo necesario y tiene fin (yo te quiero tener ahora y todos los días, sos necesario y si bien, las relaciones pueden tener un fin, nadie las comenzaría si tuviera esa certeza constantemente presente). Las razones las aclararé en otro momento, en otro contexto... Pero, basicamente creo que cuando experimentás sensaciones por primera vez y te hacen bien (no por ser nuevas y diferentes, sino por ser únicas), cuando encontrás en poco tiempo mucho de lo que a veces cuesta encontrar en un largo período y eso te impulsa a querer seguir conociendo más del otro, cuando te atrapa la personalidad del otro, los desafíos que implican las personas complicadas que te hacen madurar y aprender a luchar por algo, cuando conocés algo más y más te gusta, cuando alguien te enseña a no rifar el corazón, cuando te cuida y te aconseja, cuando tiene un humor tan puro y natural, cuando da gusto y placer hablarle, cuando todo parece tener sentido con un beso y te obliga a alejarte un rato de la razón (que siempre está presente en mí)... Cuando el vaso está medio vacío y otra cosa no lo llena bien (y ahí si le pegaste Bordito querido), ahí es cuando entendés que vale la pena jugársela (y abstraerse del contexto es imposible, claro, influye y mucho). Todos los días pienso en esa vez que me dijiste que te gustaría compartir mil cosas conmigo, pero no podés... Y hoy me siento igual, pero las razones son diferentes. De todas formas, gracias por haberme generado todo esto y por haberme hecho aprender algo. Esas cosas no suelen pasar muy seguido. Y justamente son esas, las que te abren la mente y el corazón, las que te liberan... Esa libertad de la que tanto hablo y defiendo... ¡Qué paradoja!
Porque me hacés razonar, me hacés libre, porque me hacés libre, puedo ver las cosas con mayor claridad y puedo entender que te quiero y que tengo razones para hacerlo.
En mi cuerpo, tu calor, en mi alma, libertad.
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