Lucas: A ver si te entra en la cabeza, eh.
Andre: Ya me lo prometí en Hablando de la libertad
Lucas: Ah, pero mirá que hay que tener huevos para prometerse cosas en un tema como ese...
Andre: Me lo prometí, de ahora en más, cualquier camino que tenga corazón
(Mi espada es el amor; mi escudo, el humor; mi hogar, la coherencia; mi texto, la libertad)
El hombre no es ni una piedra ni una planta, y no puede justificarse a sí mismo por su mera presencia en el mundo. El hombre es hombre sólo por su negación a permanecer pasivo, por el impulso que lo proyecta desde el presente hacia el futuro y lo dirige hacia cosas con el propósito de dominarlas y darles forma. Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir
domingo, 27 de noviembre de 2011
martes, 22 de noviembre de 2011
V (ideales a prueba de balas)
Nuestra integridad vale tan poco… pero es todo lo que tenemos, es el último centímetro que nos queda de nosotros, si salvaguardamos ese centímetro, somos libres.
Nos dicen que recordemos los ideales, no al hombre,
porque un hombre se puede acabar.
Pueden detenerlo, pueden matarlo, pueden olvidarlo
pero los ideales pueden seguir cambiando el mundo.
domingo, 20 de noviembre de 2011
Y seguir, seguir, seguir...
Hockey, voley, Boca, música, amigos, Foo Fighters, parciales aprobados... Todo parece marchar bien. O me estoy autoconvenciendo de que tiene que ser así y me compré una coraza berreta que a la primera empieza a presentar grietas. ¿Hasta cuándo esto de "hay que seguir"?
Incluso en estos tiempos
de aprender a vivir sin esperarte,
todos los días tengo recaídas
y aunque quiera olvidar no se me olvida
que no puedo olvidarte.
de aprender a vivir sin esperarte,
todos los días tengo recaídas
y aunque quiera olvidar no se me olvida
que no puedo olvidarte.
sábado, 19 de noviembre de 2011
Ser altruísta, esa es la cuestión
"Alguien es heterónomo cuando lo que quiere no está determinado en exclusividad por la naturaleza inherente de su voluntad, sino al menos en parte por consideraciones que no le son esenciales desde un punto de vista conceptual. Esas consideraciones inesenciales son separables de su voluntad, y en ese aspecto son lógicamente externas a ella. Ahora bien, si esa voluntad es afectada por consideraciones externas a ella, la persona es objeto de una influencia y en ese sentido es pasiva. Es activa, en cambio, cuando su voluntad se determina por sí misma. La distinción entre heteronomía y autonomía coincide, entonces, con la distinción de la pasividad y la actividad. Si es posible, en rigor, ser autónomo en virtud de la sumisión a la pasión dominante del amor, debe ser posible ser gobernado por éste sin caer por ello en la pasividad.
En muchas circunstancias, el amor es fundamentalmente pasivo. Lo es cuando el amante está motivado por la expectativa de que la obtención o la conservación del objeto de su amor sean beneficiosas para él. La expectativa quizá no sea explícita de manera autoconsciente; no hace falta, en efecto, que sea el resultado de ningún cálculo o evaluación deliberados. De una u otra manera, sin embargo, el objeto afecta al amante como si fuera capaz de darle gratificación, alegría u otro estado deseable. Esa es la base esencial de la cual depende su amor por el objeto: ese amor está condicionado a la atribución a su amado de una capacidad de mejorar la situación de su vida. El motivo principal del vínculo con el objeto de su amor, esté el amante preparado o no para reconocerlo, es una preocupación por su propio bien. Pero el amor no tiene por qué basarse en el egoísmo. Puede ser fundamentalmente activo y diferir del amor pasivo en la naturaleza de la motivación del amante y su interés por lo que ama. En cualquiera de sus variedades, el amor implica una conducta destinada a ser beneficiosa para el objeto amado. En el amor activo, el amante valora esta actividad por sí misma y no por las ventajas que, en última instancia, puede obtener de ella. Su meta primaria no es recibir beneficios sino proporcionarlos. Está motivado por el interés de servir los intereses y fines de su amado y no los propios. La actividad amorosa del amante pasivo está motivada, en esencia, por un interés autorreferencial apuntado a sostener o mejorar la probabilidad de que el objeto de su amor le sea útil.
En el amor activo, el amante se preocupa en forma altruista por su amado. Para él es importante por sí que el objeto de su amor florezca, estpa desinteresadamente dedicado a sus intereses y fines. Ahora bien, éste no es el punico rasgo constituitivo esencial del amor activo. Otra de sus características definitorias es que la importancia incondicional de lo que ama no es para el amante un asunto voluntario. El amante no puede dejar de dedicarse con altruismo a su amado. En este aspecto no es libre. Por el contrario, la naturaleza misma del caso lo lleva a estar cautivado por su amado y su amor. Su voluntad de encuentea bajo una rigurosa coacción. El amor no es cuestión de decisión. No hace falta decir que el amor es un asunto contingentem, a diferencia de los dictados de la voluntad pura, sus dictados no cuentan con el respaldo de la necesidad racional. El hecho de que el amor y sus mandatos sean lógicamente arbitrarios no significa, con todo, que sea posible abandonarlos o invalidarlos a voluntad. No tenemos, por cierto, la libertad de decidir "a nuestro agrado" qué amar o qué exige el amor de nosotros.
Es verdad, desde luego, que con el paso del tiempo los objetos del amor de una persona pueden variar. El amor tal vez aparezca o desaparezca; un objeto amado puede ser reemplazado por otro o éste unirse al primero. Los cambios de este tipo modifican la configuración de la voluntad. Pero el hecho de que sean cambios en la voluntad no significa que dependan de nosotros. En ocasiones tal vez sea posible que una persona manipule las condiciones de su entorno con el fin de comenzar a amar o dejar de amar un determinado objeto, pero esto no implica que para ella el amor sea un tema de libre elección. En lo que concierne al objeto de su amor, la persona no puede afectar directamente a su voluntad por un mero acto voluntario. No está en sus manos ser intimamente receptivo al objeto que ama. El cautiverio del amor no se puede aceptar o eludir por una simple decisión.
Las actitudes volitivas que una persona asume con respecto a sus propias tendencia motivacionales elementales dependen por entero de ella. Pasiones como los celos o el ansia no hacen sino proporcionarle la materia prima psíquica, por decirlo así, con la cual debe idear y modelar el carácter y estructura de su voluntad. Que una persona se identifique con esas pasiones o que éstas se presenten como fuerzas extrañas que permanecen fuera de los límites de su identidad volitiva depente de lo que aquélla quiere que sea su voluntad. Por imponente o intenso que sea el poder motivacional movilizado por las pasiones, estas no tienen autoridad motivacional ineherente. En ellas no hay otra cosa que la magnitud de esa fuerza que nos exige e incluso nos alienta a actuar como ellas mandan. El amor es diferente. El hecho de que una persona ame algo no le presenta simplemente una materia prima volitiva elemental. El amor no es un dato psíquico elementar, que no implica en siu mosmo ninguna actitud evaluativa o práctica específica por parte del amante hacia su tendencia motivacional. Con toda seguridad, una persona puede lamentar amar lo que ama. Tal vez haya intentado evitar amarlo y puede tratar de erradicar su amor. Hay sin duda muchas variedades posibles de complejidad y ambivalencia volitivas. Pero como el amor mismo es una configuración de la voluntad, no puede ser cierto que el amor de una persona que ama auténticamente sea por completo involuntario".
Ayer se cerró una etapa y estoy a cinco finales de recibirme... Y la conclusión de todo es que quiero estudiar filosofía. Cómo no extrañar los viernes con Rolo y esa hora y media aclarándome el panorama de lo que me pasa para hacerme sentir segura de lo que siento y la manera de actuar, para después salir de clase y ver que hago todo al revés. Imaginate ahora que no cuento con las sabias palabras y los consejos del profesor.
Infinitas son las gracias...
En muchas circunstancias, el amor es fundamentalmente pasivo. Lo es cuando el amante está motivado por la expectativa de que la obtención o la conservación del objeto de su amor sean beneficiosas para él. La expectativa quizá no sea explícita de manera autoconsciente; no hace falta, en efecto, que sea el resultado de ningún cálculo o evaluación deliberados. De una u otra manera, sin embargo, el objeto afecta al amante como si fuera capaz de darle gratificación, alegría u otro estado deseable. Esa es la base esencial de la cual depende su amor por el objeto: ese amor está condicionado a la atribución a su amado de una capacidad de mejorar la situación de su vida. El motivo principal del vínculo con el objeto de su amor, esté el amante preparado o no para reconocerlo, es una preocupación por su propio bien. Pero el amor no tiene por qué basarse en el egoísmo. Puede ser fundamentalmente activo y diferir del amor pasivo en la naturaleza de la motivación del amante y su interés por lo que ama. En cualquiera de sus variedades, el amor implica una conducta destinada a ser beneficiosa para el objeto amado. En el amor activo, el amante valora esta actividad por sí misma y no por las ventajas que, en última instancia, puede obtener de ella. Su meta primaria no es recibir beneficios sino proporcionarlos. Está motivado por el interés de servir los intereses y fines de su amado y no los propios. La actividad amorosa del amante pasivo está motivada, en esencia, por un interés autorreferencial apuntado a sostener o mejorar la probabilidad de que el objeto de su amor le sea útil.
En el amor activo, el amante se preocupa en forma altruista por su amado. Para él es importante por sí que el objeto de su amor florezca, estpa desinteresadamente dedicado a sus intereses y fines. Ahora bien, éste no es el punico rasgo constituitivo esencial del amor activo. Otra de sus características definitorias es que la importancia incondicional de lo que ama no es para el amante un asunto voluntario. El amante no puede dejar de dedicarse con altruismo a su amado. En este aspecto no es libre. Por el contrario, la naturaleza misma del caso lo lleva a estar cautivado por su amado y su amor. Su voluntad de encuentea bajo una rigurosa coacción. El amor no es cuestión de decisión. No hace falta decir que el amor es un asunto contingentem, a diferencia de los dictados de la voluntad pura, sus dictados no cuentan con el respaldo de la necesidad racional. El hecho de que el amor y sus mandatos sean lógicamente arbitrarios no significa, con todo, que sea posible abandonarlos o invalidarlos a voluntad. No tenemos, por cierto, la libertad de decidir "a nuestro agrado" qué amar o qué exige el amor de nosotros.
Es verdad, desde luego, que con el paso del tiempo los objetos del amor de una persona pueden variar. El amor tal vez aparezca o desaparezca; un objeto amado puede ser reemplazado por otro o éste unirse al primero. Los cambios de este tipo modifican la configuración de la voluntad. Pero el hecho de que sean cambios en la voluntad no significa que dependan de nosotros. En ocasiones tal vez sea posible que una persona manipule las condiciones de su entorno con el fin de comenzar a amar o dejar de amar un determinado objeto, pero esto no implica que para ella el amor sea un tema de libre elección. En lo que concierne al objeto de su amor, la persona no puede afectar directamente a su voluntad por un mero acto voluntario. No está en sus manos ser intimamente receptivo al objeto que ama. El cautiverio del amor no se puede aceptar o eludir por una simple decisión.
Las actitudes volitivas que una persona asume con respecto a sus propias tendencia motivacionales elementales dependen por entero de ella. Pasiones como los celos o el ansia no hacen sino proporcionarle la materia prima psíquica, por decirlo así, con la cual debe idear y modelar el carácter y estructura de su voluntad. Que una persona se identifique con esas pasiones o que éstas se presenten como fuerzas extrañas que permanecen fuera de los límites de su identidad volitiva depente de lo que aquélla quiere que sea su voluntad. Por imponente o intenso que sea el poder motivacional movilizado por las pasiones, estas no tienen autoridad motivacional ineherente. En ellas no hay otra cosa que la magnitud de esa fuerza que nos exige e incluso nos alienta a actuar como ellas mandan. El amor es diferente. El hecho de que una persona ame algo no le presenta simplemente una materia prima volitiva elemental. El amor no es un dato psíquico elementar, que no implica en siu mosmo ninguna actitud evaluativa o práctica específica por parte del amante hacia su tendencia motivacional. Con toda seguridad, una persona puede lamentar amar lo que ama. Tal vez haya intentado evitar amarlo y puede tratar de erradicar su amor. Hay sin duda muchas variedades posibles de complejidad y ambivalencia volitivas. Pero como el amor mismo es una configuración de la voluntad, no puede ser cierto que el amor de una persona que ama auténticamente sea por completo involuntario".
Frankfurt.-
Ayer se cerró una etapa y estoy a cinco finales de recibirme... Y la conclusión de todo es que quiero estudiar filosofía. Cómo no extrañar los viernes con Rolo y esa hora y media aclarándome el panorama de lo que me pasa para hacerme sentir segura de lo que siento y la manera de actuar, para después salir de clase y ver que hago todo al revés. Imaginate ahora que no cuento con las sabias palabras y los consejos del profesor.
Infinitas son las gracias...
miércoles, 9 de noviembre de 2011
La palabra del Señor
La jueza de Paz de General Pico, Marta Covella, adelantó que no casará a personas homosexuales. “En la Biblia, Dios no aprueba este tipo de cosas”, declaró como toda explicación.
Así como el estatuto del Proceso era el libelo que guiaba los pasos de los jueces de la dictadura (como una tal Negre de Alonso), para otros, parece que por delante de la Constitución hay un librito de origen incierto pero de excelente tirada conocido como La Biblia.
Efectivamente, en ese compendio de fábulas y amenazas se castiga la homosexualidad. Se lo hace en términos tal vez un poco fuertes, es cierto: "Si un hombre yace con otro, los dos morirán", puede leerse en el versículo 13, del capítulo 20 del Levítico. Es decir que la jueza de General Pico, Marta Covella, podría el día de mañana dar un paso más y no sólo negarse a casar a dos personas del mismo sexo. Podría también, siguiendo lo que establece la Biblia, condenarlos a muerte. Afortunadamente, Covella es sólo una Jueza de Paz y nuestro código Penal no contempla la pena de muerte.
¿Quieren conocer otras cosas que dice el librito que consulta la Jueza Marta Covella antes de irse a dormir, de dictar sentencia, de verle la cara a dios? Dice por ejemplo que "Los que adoren a otros dioses o al sol, la luna o todo el ejército del cielo, morirán lapidados" (Deuteronomio 17:2-5). Un modo bastante universal y extremista de mirar el mundo, ¿no? Nos advierte también que "Todo hombre o mujer que llame a los espíritus o practique la adivinación morirá apedreado" (Levítico 20:27). Por lo que si mañana se presenta ante la jueza en cuestión alguien que no optó por el dios correcto, también puede negarse a atenderlo, cuando no denunciarlo a la policía.
Antes del Código Civil, la jueza de Pico, suele leer un folleto que insólitamente puede conseguirse en cualquier librería o hasta en la mesita de luz de los hoteles, y en el que se nos dice que "Si alguien tiene un hijo rebelde que no obedece ni escucha cuando lo corrigen, lo sacarán de la ciudad y todo el pueblo lo apedreará hasta que muera" (Deuteronomio 21:18-21). O que "Si una joven se casa sin ser virgen, morirá apedreada" (Deuteronomio 22:20, 21). ¿No es tierno?
¿No es tiempo de hacer una veloz encuesta y averiguar cuántos funcionarios de nuestro aparato judicial son guiados por principios legales que establecen que "Si la hija de un sacerdote se prostituye, será quemada viva" (Levítico 21:9) o que "El que maldiga a su padre o a su madre morirá" (Éxodo 21:17 y Levítico 20, 9)?
La religión debería ser vivida como uno de esos ejemplos en los que se piensa al referirse a “los actos privados de los hombres”. Hay gente que se inyecta drogas intravenosas, gente que se toca apreciando pornografía asiática y otros que gustan de arrodillarse para hablar con quien sostienen es el creador del universo. ¿Quién culparía a cualquiera de estas tres personas por sus excéntricas aficiones? Sin embargo, lejos de una rareza vergonzante, la religión se vive con tanto orgullo que muchos de quienes las profesan sienten que desde su particular visión del mundo deben moldear el modelo de sociedad en el que se nos permite vivir. Y nuestros representantes los escuchan. O se disculpan con ellos cuando se atreven tímidamente a contradecirlos. La cantidad de legisladores que se sintió obligado a aclarar que era cristiano a pesar de votar por una ley que iguala derechos dio pena. Tal vez, entre algunos de los legisladores que modifican, redactan u obstruyen nuestras leyes también hay quienes consideran razonable que "El que no obedezca al sacerdote ni al juez morirá" (Deuteronomio 17:12).
¿Cuántos políticos de los que se fotografían con nenas pobres en tiempos de campaña, leen por las noches con fruición el librito que dice que "Ningún varón que tenga un defecto presentará las ofrendas, ya sea ciego o cojo, desfigurado o desproporcionado, enano o bisojo, sarnoso o tiñoso, ojo robado, o con un pie o una mano quebrados o con los testículos aplastados" (Levítico 21:18)?
¿Cuántos de aquellos a los que les preocupa que un chico sea criado por dos mujeres les resulta sin embargo razonable que "El que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado no será admitido en la asamblea de Yavé. Tampoco el mestizo hasta la décima generación" (Deuteronomio 23:1, 2)?
¿Cuántos de los que escuchamos en las interminables mesas de los programas de cable diciéndonos a cada rato que ojo, que tienen amigos homosexuales, familiares homosexuales, mascotas homosexuales, llevan en su portafolio un folleto siniestro en el que se postula que "Si un hombre hiere a su esclavo o a su esclava con un palo y los mata, será reo de crimen. Pero si sobreviven uno o dos días no se le culpará porque le pertenecían" (Éxodo 21: 20) o que "Si un hombre hiere a su esclavo en un ojo dejándolo tuerto, le dará la libertad a cambio del ojo que le sacó" (Éxodo 21:26)?
Me preguntaba hace un tiempo, ¿qué clase de persona hay que ser para marchar contra los derechos de otros? Parece que, para empezar, hay que ser una persona religiosa. O como gustan decir quienes lo son: una persona de profundas convicciones religiosas. Parece ser que ese es el piso indispensable para ejercer esta clase de atropello, de maldad. Esta violencia simbólica que parece carecer de todo sentido.
La religión es una máquina de certezas. Allí donde hay una duda, una pregunta, una cuestión existencial, la religión pone una certeza. Una certeza arbitraria, oscura o berreta. Pero una certeza al fin. Y la verdad, no hay violencia sin certezas. Nadie mata, persigue, tortura sin certezas. Podrán pronunciar una y mil veces el vocablo paz, prometer reinos de amor y esperanza, pero pocas cosas le han aportado tanta violencia a la historia de la humanidad como las religiones. O lo que Saramago llamaba “el factor Dios”.Y sin embargo, acá estamos, rodeados de crucifijos, con estatuas de Vírgenes presidiendo comisiones parlamentarias. Millones de cuerpos quemados, mutilados, arrojados al río, no parecen habernos enseñado nada en este sentido.
De la histórica votación en el Senado, de todo lo que se vivió en estos días, queda la alegría por haber dado otro paso hacia un país mejor. Pero también el escalofrío de haber apreciado una vez más el insólito poder de la religión. Y no digo poder abominable, abyecto, perverso, criminal. Todas esas son apreciaciones que vendrán después. Lo primero que azota nuestra inteligencia es el carácter insólito de este poder. Ese que desafía el sentido común más llano. Señores de sombreros ridículos y túnicas, líderes de grupos que cargan con las acusaciones más repugnantes, ocupan las tapas de los diarios para decirnos lo que piensan sobre la política, la inseguridad, el código civil y la defensa con línea de cuatro. Y la verdad, la naturalización de este acontecimiento es inconcebible. ¿Qué diferencia a una secta de una religión? Las sectas son grupos minúsculos que fundados en relatos improbables engañan a sus fieles prometiéndoles quimeras imposibles, los empujan a conductas antisociales, los introducen en la adoración de imágenes disparatadas, difunden la práctica de ritos que contradicen la lógica más básica e intentan establecer muchas veces oscuras relaciones con el poder.
Las religiones, en cambio, de ninguna manera son grupos minúsculos.Quiero decir, la Iglesia es una secta que ganó. No es original señalar la complicidad de la Iglesia Católica con los episodios más oscuros de la historia, cuando no los protagonizó directamente. Sin embargo, lo que a mí más me perturba es la manera en que ha naturalizado su presencia en nuestra cultura. Desde haber fijado la invocación a una entidad abstracta como fuente de toda razón y justicia en el principal texto del sistema legal argentino, hasta el hecho de estar obligados sistemáticamente a escuchar cómo personas que juran no tener sexo piensan que debemos encarar la educación sexual de nuestros chicos.
¿Cuándo ocurrió? ¿Cuándo pasó a ser razonable que alguien se ampare en La Biblia para desconocer una ley? ¿Cuándo dejó de ser igual que ampararse en un ejemplar de “Caperucita” para quemar un bosque?
Buena parte de los pibes de este país asisten a escuelas católicas (muchas de ellas subsidiadas por un Estado que a veces no puede ni calefaccionar una escuela pública). Y sin embargo, ¿existe algo más opuesto a la educación que una religión? Allí donde el aprendizaje pide razón, capacidad de duda, reflexión, el discurso religioso propone oscuridad, misterio y, en el peor de los casos, una explicación que espanta por lo sencillo, una fábula primitiva.
Resultaba grotesca la apelación a lo “natural” por parte de los voceros clericales para oponerse al matrimonio igualitario. Como si la familia “tradicional” viniera dada naturalmente o como si todo lo que no es natural fuera nocivo: los antibióticos, el subterráneo, las cesáreas, el Torneo Apertura y el alfajor. Pero más extraño resultó que nadie reclamara a estas personas por tan flagrante contradicción: que apelaran como todo argumento a la biología justamente ellos, que a la teoría de la evolución y el Big Bang le han opuesto la existencia de un ente inmaterial todo poderoso que fabricó un hombre soplando un puñado de barro y una mujer amputándole a éste una costilla. ¿De qué principio biológico inalterable nos hablan? Quien escribe esto se fumó ocho años de educación religiosa. (Buen, paradoja). Y como a aquellos fumadores a los que les lleva años sacarse el último rastro de nicotina de los pulmones, me ha tomado mucho tiempo ir liberándome de cada uno de aquellos complejos y simplificaciones temerarias acerca del mundo que me rodea. Me ha costado años ir construyendo mi propia mirada acerca de las cosas. Una mirada idiota, sí, seguramente prejuiciosa y contradictoria. Pero mía. Una mirada que carga con la angustia de sospechar que el fin es el fin y con el laburito de tener que construir (y transmitirle a sus futuros hijos) valores y principios que no cuentan con orígenes metafísicos. Pero una mirada que seguro, nunca, pero nunca, me dará razones para marchar contra los derechos de otros. Liberándome así de, al menos, una de las muchas maneras que hay de ser un hijo de puta.
Así como el estatuto del Proceso era el libelo que guiaba los pasos de los jueces de la dictadura (como una tal Negre de Alonso), para otros, parece que por delante de la Constitución hay un librito de origen incierto pero de excelente tirada conocido como La Biblia.
Efectivamente, en ese compendio de fábulas y amenazas se castiga la homosexualidad. Se lo hace en términos tal vez un poco fuertes, es cierto: "Si un hombre yace con otro, los dos morirán", puede leerse en el versículo 13, del capítulo 20 del Levítico. Es decir que la jueza de General Pico, Marta Covella, podría el día de mañana dar un paso más y no sólo negarse a casar a dos personas del mismo sexo. Podría también, siguiendo lo que establece la Biblia, condenarlos a muerte. Afortunadamente, Covella es sólo una Jueza de Paz y nuestro código Penal no contempla la pena de muerte.
¿Quieren conocer otras cosas que dice el librito que consulta la Jueza Marta Covella antes de irse a dormir, de dictar sentencia, de verle la cara a dios? Dice por ejemplo que "Los que adoren a otros dioses o al sol, la luna o todo el ejército del cielo, morirán lapidados" (Deuteronomio 17:2-5). Un modo bastante universal y extremista de mirar el mundo, ¿no? Nos advierte también que "Todo hombre o mujer que llame a los espíritus o practique la adivinación morirá apedreado" (Levítico 20:27). Por lo que si mañana se presenta ante la jueza en cuestión alguien que no optó por el dios correcto, también puede negarse a atenderlo, cuando no denunciarlo a la policía.
Antes del Código Civil, la jueza de Pico, suele leer un folleto que insólitamente puede conseguirse en cualquier librería o hasta en la mesita de luz de los hoteles, y en el que se nos dice que "Si alguien tiene un hijo rebelde que no obedece ni escucha cuando lo corrigen, lo sacarán de la ciudad y todo el pueblo lo apedreará hasta que muera" (Deuteronomio 21:18-21). O que "Si una joven se casa sin ser virgen, morirá apedreada" (Deuteronomio 22:20, 21). ¿No es tierno?
¿No es tiempo de hacer una veloz encuesta y averiguar cuántos funcionarios de nuestro aparato judicial son guiados por principios legales que establecen que "Si la hija de un sacerdote se prostituye, será quemada viva" (Levítico 21:9) o que "El que maldiga a su padre o a su madre morirá" (Éxodo 21:17 y Levítico 20, 9)?
La religión debería ser vivida como uno de esos ejemplos en los que se piensa al referirse a “los actos privados de los hombres”. Hay gente que se inyecta drogas intravenosas, gente que se toca apreciando pornografía asiática y otros que gustan de arrodillarse para hablar con quien sostienen es el creador del universo. ¿Quién culparía a cualquiera de estas tres personas por sus excéntricas aficiones? Sin embargo, lejos de una rareza vergonzante, la religión se vive con tanto orgullo que muchos de quienes las profesan sienten que desde su particular visión del mundo deben moldear el modelo de sociedad en el que se nos permite vivir. Y nuestros representantes los escuchan. O se disculpan con ellos cuando se atreven tímidamente a contradecirlos. La cantidad de legisladores que se sintió obligado a aclarar que era cristiano a pesar de votar por una ley que iguala derechos dio pena. Tal vez, entre algunos de los legisladores que modifican, redactan u obstruyen nuestras leyes también hay quienes consideran razonable que "El que no obedezca al sacerdote ni al juez morirá" (Deuteronomio 17:12).
¿Cuántos políticos de los que se fotografían con nenas pobres en tiempos de campaña, leen por las noches con fruición el librito que dice que "Ningún varón que tenga un defecto presentará las ofrendas, ya sea ciego o cojo, desfigurado o desproporcionado, enano o bisojo, sarnoso o tiñoso, ojo robado, o con un pie o una mano quebrados o con los testículos aplastados" (Levítico 21:18)?
¿Cuántos de aquellos a los que les preocupa que un chico sea criado por dos mujeres les resulta sin embargo razonable que "El que tenga los testículos aplastados o el pene mutilado no será admitido en la asamblea de Yavé. Tampoco el mestizo hasta la décima generación" (Deuteronomio 23:1, 2)?
¿Cuántos de los que escuchamos en las interminables mesas de los programas de cable diciéndonos a cada rato que ojo, que tienen amigos homosexuales, familiares homosexuales, mascotas homosexuales, llevan en su portafolio un folleto siniestro en el que se postula que "Si un hombre hiere a su esclavo o a su esclava con un palo y los mata, será reo de crimen. Pero si sobreviven uno o dos días no se le culpará porque le pertenecían" (Éxodo 21: 20) o que "Si un hombre hiere a su esclavo en un ojo dejándolo tuerto, le dará la libertad a cambio del ojo que le sacó" (Éxodo 21:26)?
Me preguntaba hace un tiempo, ¿qué clase de persona hay que ser para marchar contra los derechos de otros? Parece que, para empezar, hay que ser una persona religiosa. O como gustan decir quienes lo son: una persona de profundas convicciones religiosas. Parece ser que ese es el piso indispensable para ejercer esta clase de atropello, de maldad. Esta violencia simbólica que parece carecer de todo sentido.
La religión es una máquina de certezas. Allí donde hay una duda, una pregunta, una cuestión existencial, la religión pone una certeza. Una certeza arbitraria, oscura o berreta. Pero una certeza al fin. Y la verdad, no hay violencia sin certezas. Nadie mata, persigue, tortura sin certezas. Podrán pronunciar una y mil veces el vocablo paz, prometer reinos de amor y esperanza, pero pocas cosas le han aportado tanta violencia a la historia de la humanidad como las religiones. O lo que Saramago llamaba “el factor Dios”.Y sin embargo, acá estamos, rodeados de crucifijos, con estatuas de Vírgenes presidiendo comisiones parlamentarias. Millones de cuerpos quemados, mutilados, arrojados al río, no parecen habernos enseñado nada en este sentido.
De la histórica votación en el Senado, de todo lo que se vivió en estos días, queda la alegría por haber dado otro paso hacia un país mejor. Pero también el escalofrío de haber apreciado una vez más el insólito poder de la religión. Y no digo poder abominable, abyecto, perverso, criminal. Todas esas son apreciaciones que vendrán después. Lo primero que azota nuestra inteligencia es el carácter insólito de este poder. Ese que desafía el sentido común más llano. Señores de sombreros ridículos y túnicas, líderes de grupos que cargan con las acusaciones más repugnantes, ocupan las tapas de los diarios para decirnos lo que piensan sobre la política, la inseguridad, el código civil y la defensa con línea de cuatro. Y la verdad, la naturalización de este acontecimiento es inconcebible. ¿Qué diferencia a una secta de una religión? Las sectas son grupos minúsculos que fundados en relatos improbables engañan a sus fieles prometiéndoles quimeras imposibles, los empujan a conductas antisociales, los introducen en la adoración de imágenes disparatadas, difunden la práctica de ritos que contradicen la lógica más básica e intentan establecer muchas veces oscuras relaciones con el poder.
Las religiones, en cambio, de ninguna manera son grupos minúsculos.Quiero decir, la Iglesia es una secta que ganó. No es original señalar la complicidad de la Iglesia Católica con los episodios más oscuros de la historia, cuando no los protagonizó directamente. Sin embargo, lo que a mí más me perturba es la manera en que ha naturalizado su presencia en nuestra cultura. Desde haber fijado la invocación a una entidad abstracta como fuente de toda razón y justicia en el principal texto del sistema legal argentino, hasta el hecho de estar obligados sistemáticamente a escuchar cómo personas que juran no tener sexo piensan que debemos encarar la educación sexual de nuestros chicos.
¿Cuándo ocurrió? ¿Cuándo pasó a ser razonable que alguien se ampare en La Biblia para desconocer una ley? ¿Cuándo dejó de ser igual que ampararse en un ejemplar de “Caperucita” para quemar un bosque?
Buena parte de los pibes de este país asisten a escuelas católicas (muchas de ellas subsidiadas por un Estado que a veces no puede ni calefaccionar una escuela pública). Y sin embargo, ¿existe algo más opuesto a la educación que una religión? Allí donde el aprendizaje pide razón, capacidad de duda, reflexión, el discurso religioso propone oscuridad, misterio y, en el peor de los casos, una explicación que espanta por lo sencillo, una fábula primitiva.
Resultaba grotesca la apelación a lo “natural” por parte de los voceros clericales para oponerse al matrimonio igualitario. Como si la familia “tradicional” viniera dada naturalmente o como si todo lo que no es natural fuera nocivo: los antibióticos, el subterráneo, las cesáreas, el Torneo Apertura y el alfajor. Pero más extraño resultó que nadie reclamara a estas personas por tan flagrante contradicción: que apelaran como todo argumento a la biología justamente ellos, que a la teoría de la evolución y el Big Bang le han opuesto la existencia de un ente inmaterial todo poderoso que fabricó un hombre soplando un puñado de barro y una mujer amputándole a éste una costilla. ¿De qué principio biológico inalterable nos hablan? Quien escribe esto se fumó ocho años de educación religiosa. (Buen, paradoja). Y como a aquellos fumadores a los que les lleva años sacarse el último rastro de nicotina de los pulmones, me ha tomado mucho tiempo ir liberándome de cada uno de aquellos complejos y simplificaciones temerarias acerca del mundo que me rodea. Me ha costado años ir construyendo mi propia mirada acerca de las cosas. Una mirada idiota, sí, seguramente prejuiciosa y contradictoria. Pero mía. Una mirada que carga con la angustia de sospechar que el fin es el fin y con el laburito de tener que construir (y transmitirle a sus futuros hijos) valores y principios que no cuentan con orígenes metafísicos. Pero una mirada que seguro, nunca, pero nunca, me dará razones para marchar contra los derechos de otros. Liberándome así de, al menos, una de las muchas maneras que hay de ser un hijo de puta.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Una realidad un poco más feliz necesita dos condimentos
(El tema fue uno de los momentos más lindos de la noche en Obras. Bellísima canción Medio Corazón... Cierta y muy justa para este momento, además)
A veces pienso que las únicas ocasiones en las que no me molesta ser una más, ser parte de la masa y no sobresalir por hacer lo mismo que los demás son en un recital o en una cancha. La música y el fútbol. Aun en tiempos complicados, la música logra rescatarme, a veces me lleva a donde no quiero, otras me aleja y otras me transporta a lugares únicos producto de esa conexión mágica que establece con mi mente y mi espíritu.
Por otro lado, el fútbol me permitió conocer amigos, unirme más a mi viejo, guiarme a elegir una vocación y desde el lugar del hincha, me ayuda a olvidarme de todo por 90 minutos. Creo que Eduardo Sacheri lo describe de la mejor manera: "Sigo pensando que es más real un partido que un libro. A lo mejor por una cuestión de protección. En el fútbol, yo creo que tengo un límite, como le pasa a muchos hinchas. No me quiero enterar más. Yo para hacer el libro podría haber averiguado más sobre estas prácticas que tiene el fútbol, sobre jugadores que entregan partidos o réferis. Pero no quise. Me pasó eso que le sucede a los nenes. Como los chicos siempre preguntan hasta un cierto punto y después no preguntan más. Yo no quiero perder el mundo del fútbol. Aunque sea ridículo, hay un punto en que está bueno tener ese punto de ingenuidad. No estoy del todo seguro de querer saber toda la verdad. A lo mejor sufriría menos. Pero entro en el pacto ficcional y listo."
Ayer los muchachos de Cielo Razzo dieron un show impecable y después de muchos findes en los que terminaba derramando más de una lágrima, esta vez las únicas gotas que salían de mi cuerpo eran de sudor, por el calor y la euforia de un par de locos que pegados unos a otros saltamos y cantamos sus temas desde el corazón (y así estoy hoy, sin voz).
También ayer, fui a hacer una nota para el diario y en una charla con una compañera llegamos a la conclusión de que aunque en las charlas con amigas hablen de revistas como OhLaLá o Cosmopolitan y nosotras quedemos excluídas de la conversación porque leemos El Gráfico o Un Caño nada más, vale la pena ser vista como la menos femenina del grupo, por hablar, ver y disfrutar del deporte.
La semana pasada pude ver en vivo y en directo a una persona que luchó contra las peores adversidades y sin embargo, brilla arriba de un escenario y sin dudas, tiene un vínculo particular con la música en el que encuentra la fortaleza necesaria.
Ayer entrevisté a dos chicos de 18 años que juegan al béisbol (sí! al béisbol) en Lanús, que empezaron desde abajo, contribuyeron al desarrollo de un club amateur y hoy viajan a los Panamericanos de ese deporte a enfrentar a equipos como Estados Unidos o Venezuela. Por historias así, creo, vale la pena seguir alimentándome de estas dos cosas que me abrieron puertas y caminos y a las cuales les debo muchísimo.
Son compañías únicas y me animaría a decir, un pilar fundamental que me sostiene día a día y que construye mi personalidad. Me rehúso a vivir sin recitales y sin ver partidos o ir a la cancha a alentarte. Por eso, me gusta sentirme pequeñita y una más del montón que canta, que grita, que festeja y que el protagonismo esté en otro lado, en esos seres que se merecen toda mi atención y admiración.
domingo, 6 de noviembre de 2011
Feliz cumpleaños, hincha de Arsenal
Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros solo no vale nada.
Si me apego a esa frase, compruebo que, sin dudas, necesito de aquellos que me demuestran con hechos concretos su fortaleza, su espíritu de lucha y su orgullo a la hora de difundir sus ideales. Siempre estás ahí, desde enero o febrero cuando fui al curso empujándome a seguir, invitándome a participar, escuchándome o leyéndome, explicándome cosas políticas que no entiendo y haciéndome sentir que estás a años luz de conocimiento de mi persona. No sólo encontré a alguien por quien creo, tiene sentido militar (o sea, no por vos, sino por lo que veo reflejado en vos... No te agrandes jaja) sino también a un amigo, porque sabés cosas de mí que muchas personas, no. Gracias por cada momento de crisis en el que estuviste presente o por el clásico: FUERZA jajaja. ¡Feliz cumpleaños, compañero Rivas! Se lo aprecia mucho.
Si me apego a esa frase, compruebo que, sin dudas, necesito de aquellos que me demuestran con hechos concretos su fortaleza, su espíritu de lucha y su orgullo a la hora de difundir sus ideales. Siempre estás ahí, desde enero o febrero cuando fui al curso empujándome a seguir, invitándome a participar, escuchándome o leyéndome, explicándome cosas políticas que no entiendo y haciéndome sentir que estás a años luz de conocimiento de mi persona. No sólo encontré a alguien por quien creo, tiene sentido militar (o sea, no por vos, sino por lo que veo reflejado en vos... No te agrandes jaja) sino también a un amigo, porque sabés cosas de mí que muchas personas, no. Gracias por cada momento de crisis en el que estuviste presente o por el clásico: FUERZA jajaja. .
El escalofrío en mi cuello, la risa sin disfraces, los mensajes interminables, sentarme sobre la mesada, que me prestes tu pecho, que se haga de día en una sola charla, manos que pierden el frio por mis piernas, manos en mi cintura en medio de un recital, una siesta compartida, rechazar una campera prestada, hacerme la enojada, el dolor de reirme demasiado, olvidarme del significado de la indiferencia.
No sé, a veces me cuesta acostumbrarme a no extrañar esas giladas. A veces.
martes, 1 de noviembre de 2011
Causas perdidas
¿Será mucho pedir que el pasado venga mejor vestido
y golpee antes de entrar?
Hoy la memoria es un río traicionero y sin orillas
donde uno no debiera pescar…
“Te pido, no te ofendas si beso así,
con este invierno en los labios,
Es que hace mucho que nadie pasa por acá, colega,
¿me querrás querer un rato?”
y golpee antes de entrar?
Hoy la memoria es un río traicionero y sin orillas
donde uno no debiera pescar…
“Te pido, no te ofendas si beso así,
con este invierno en los labios,
Es que hace mucho que nadie pasa por acá, colega,
¿me querrás querer un rato?”
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