El escalofrío en mi cuello, la risa sin disfraces, los mensajes interminables, sentarme sobre la mesada, que me prestes tu pecho, que se haga de día en una sola charla, manos que pierden el frio por mis piernas, manos en mi cintura en medio de un recital, una siesta compartida, rechazar una campera prestada, hacerme la enojada, el dolor de reirme demasiado, olvidarme del significado de la indiferencia.
No sé, a veces me cuesta acostumbrarme a no extrañar esas giladas. A veces.
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