El hombre no es ni una piedra ni una planta, y no puede justificarse a sí mismo por su mera presencia en el mundo. El hombre es hombre sólo por su negación a permanecer pasivo, por el impulso que lo proyecta desde el presente hacia el futuro y lo dirige hacia cosas con el propósito de dominarlas y darles forma. Para el hombre, existir significa remodelar la existencia. Vivir es la voluntad de vivir

sábado, 19 de noviembre de 2011

Ser altruísta, esa es la cuestión

"Alguien es heterónomo cuando lo que quiere no está determinado en exclusividad por la naturaleza inherente de su voluntad, sino al menos en parte por consideraciones que no le son esenciales desde un punto de vista conceptual. Esas consideraciones inesenciales son separables de su voluntad, y en ese aspecto son lógicamente externas a ella. Ahora bien, si esa voluntad es afectada por consideraciones externas a ella, la persona es objeto de una influencia y en ese sentido es pasiva. Es activa, en cambio, cuando su voluntad se determina por sí misma. La distinción entre heteronomía y autonomía coincide, entonces, con la distinción de la pasividad y la actividad. Si es posible, en rigor, ser autónomo en virtud de la sumisión a la pasión dominante del amor, debe ser posible ser gobernado por éste sin caer por ello en la pasividad.
En muchas circunstancias, el amor es fundamentalmente pasivo. Lo es cuando el amante está motivado por la expectativa de que la obtención o la conservación del objeto de su amor sean beneficiosas para él. La expectativa quizá no sea explícita de manera autoconsciente; no hace falta, en efecto, que sea el resultado de ningún cálculo o evaluación deliberados. De una u otra manera, sin embargo, el objeto afecta al amante como si fuera capaz de darle gratificación, alegría u otro estado deseable. Esa es la base esencial de la cual depende su amor por el objeto: ese amor está condicionado a la atribución a su amado de una capacidad de mejorar la situación de su vida. El motivo principal del vínculo con el objeto de su amor, esté el amante preparado o no para reconocerlo, es una preocupación por su propio bien. Pero el amor no tiene por qué basarse en el egoísmo. Puede ser fundamentalmente activo y diferir del amor pasivo en la naturaleza de la motivación del amante y su interés por lo que ama. En cualquiera de sus variedades, el amor implica una conducta destinada a ser beneficiosa para el objeto amado. En el amor activo, el amante valora esta actividad por sí misma y no por las ventajas que, en última instancia, puede obtener de ella. Su meta primaria no es recibir beneficios sino proporcionarlos. Está motivado por el interés de servir los intereses y fines de su amado y no los propios. La actividad amorosa del amante pasivo está motivada, en esencia, por un interés autorreferencial apuntado a sostener o mejorar la probabilidad de que el objeto de su amor le sea útil.
En el amor activo, el amante se preocupa en forma altruista por su amado. Para él es importante por sí que el objeto de su amor florezca, estpa desinteresadamente dedicado a sus intereses y fines. Ahora bien, éste no es el punico rasgo constituitivo esencial del amor activo. Otra de sus características definitorias es que la importancia incondicional de lo que ama no es para el amante un asunto voluntario. El amante no puede dejar de dedicarse con altruismo a su amado. En este aspecto no es libre. Por el contrario, la naturaleza misma del caso lo lleva a estar cautivado por su amado y su amor. Su voluntad de encuentea bajo una rigurosa coacción. El amor no es cuestión de decisión. No hace falta decir que el amor es un asunto contingentem, a diferencia de los dictados de la voluntad pura, sus dictados no cuentan con el respaldo de la necesidad racional. El hecho de que el amor y sus mandatos sean lógicamente arbitrarios no significa, con todo, que sea posible abandonarlos o invalidarlos a voluntad. No tenemos, por cierto, la libertad de decidir "a nuestro agrado" qué amar o qué exige el amor de nosotros.
Es verdad, desde luego, que con el paso del tiempo los objetos del amor de una persona pueden variar. El amor tal vez aparezca o desaparezca; un objeto amado puede ser reemplazado por otro o éste unirse al primero. Los cambios de este tipo modifican la configuración de la voluntad. Pero el hecho de que sean cambios en la voluntad no significa que dependan de nosotros. En ocasiones tal vez sea posible que una persona manipule las condiciones de su entorno con el fin de comenzar a amar o dejar de amar un determinado objeto, pero esto no implica que para ella el amor sea un tema de libre elección. En lo que concierne al objeto de su amor, la persona no puede afectar directamente a su voluntad por un mero acto voluntario. No está en sus manos ser intimamente receptivo al objeto que ama. El cautiverio del amor no se puede aceptar o eludir por una simple decisión.
Las actitudes volitivas que una persona asume con respecto a sus propias tendencia motivacionales elementales dependen por entero de ella. Pasiones como los celos o el ansia no hacen sino proporcionarle la materia prima psíquica, por decirlo así, con la cual debe idear y modelar el carácter y estructura de su voluntad. Que una persona se identifique con esas pasiones o que éstas se presenten como fuerzas extrañas que permanecen fuera de los límites de su identidad volitiva depente de lo que aquélla quiere que sea su voluntad. Por imponente o intenso que sea el poder motivacional movilizado por las pasiones, estas no tienen autoridad motivacional ineherente. En ellas no hay otra cosa que la magnitud de esa fuerza que nos exige e incluso nos alienta a actuar como ellas mandan. El amor es diferente. El hecho de que una persona ame algo no le presenta simplemente una materia prima volitiva elemental. El amor no es un dato psíquico elementar, que no implica en siu mosmo ninguna actitud evaluativa o práctica específica por parte del amante hacia su tendencia motivacional. Con toda seguridad, una persona puede lamentar amar lo que ama. Tal vez haya intentado evitar amarlo y puede tratar de erradicar su amor. Hay sin duda muchas variedades posibles de complejidad y ambivalencia volitivas. Pero como el amor mismo es una configuración de la voluntad, no puede ser cierto que el amor de una persona que ama auténticamente sea por completo involuntario".

Frankfurt.-


Ayer se cerró una etapa y estoy a cinco finales de recibirme... Y la conclusión de todo es que quiero estudiar filosofía. Cómo no extrañar los viernes con Rolo y esa hora y media aclarándome el panorama de lo que me pasa para hacerme sentir segura de lo que siento y la manera de actuar, para después salir de clase y ver que hago todo al revés. Imaginate ahora que no cuento con las sabias palabras y los consejos del profesor.
Infinitas son las gracias...

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