Me tocó esta grandeza absurda, esta ¿libertad? inmanejable, estos sentidos que captan, esta cabeza que en el mareo general entiende que todo es duda, que nada es definitivo. La impotencia de creer saber, querer. La imposibilidad misma de poder.
Habita en mí un ser diminuto, que pasa desapercibido, que cualquiera aplasta; y otro que sabe que tiene las herramientas para no dejar que tal aplastamiento ocurra.
Es que adaptarme a este desierto en el que tengo que andar serena y alineada, a pasos lentos y equilibrados, me está costando horrores.
¿Qué hacer con estas ganas muertas? Si mi trinchera no existe más. Tu susurro sobre mi cuerpo, la inmensidad escurrida entre mis dedos, lo silencioso del fin... Nada.
Hoy no sé qué quiero ser, hacer, porque ese ser pequeñito se está apoderando de mí, y el mundo me pesa. Y vos me hacés falta. No me volví dependiente de nada, ni nadie, sólo creo que a mi entorno le van sacando poco a poco los destellos de 'magia' y todo se resume en una torturante frase de Borges: "Hoy sólo tienes la fiel memoria y los desiertos días".
Tu sonrisa es (era) mi trinchera. 
Cansado,
sobre todo,
de estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las mismas piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío, dos senos de magnolia,
acariciar la tierra con un vientre de oruga,
y vivir, unos meses, adentro de una piedra.
Oliverio Girondo
Oliverio Girondo
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